Hijos sobre atendidos.

Mucho se ha hablado de los hijos sobre protegidos y de los estragos de ese modelo educativo en el desarrollo emocional y conductual de esos niños quienes, víctimas de sus padres y de la mala o inadecuada educación que les han ofrecido, vagan por nuestra sociedad sin encontrar su lugar. Pero, desde hace varios años estamos recibiendo en nuestra consulta niños y niñas con dificultades de otro tipo, como hastiados, “arrugados” por su rutina, desafiantes, competitivos, con niveles de ansiedad y estrés elevados; todo esto muchas veces acompañado de una alimentación poco equilibrada y de una mala o deficiente calidad en el descanso nocturno; consumen mega bits en todo lugar y en todo momento, muestran actitudes, tendencias y comportamientos, por encima de su edad, jugando a ser más mayores y más consumidores cada vez con menor edad. Son hijos sobre atendidos, son personas que han crecido en una realidad abundante de estímulos, con niveles de expectativas altos sobre sus capacidades cognitivas y ejecutivas, y con una actitud de control a veces por parte de sus propios padres sobre cualquier disfunción o alteración normal del desarrollo, que no favorecen a nadie.

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Los hijos sobre atendidos son una nueva generación fruto de padres y madres que optan por sobre atender en todo lo posible la educación de sus hijos; algunos con pocos años ya han asistido a más obras de teatro que muchos adultos, a conciertos de música infantil, a eventos deportivos, a clases de inglés, a exposiciones de todo tipo, a excursiones, a vacaciones de aventura, a estrenos de cine de películas presuntamente infantiles pero camufladas con todo lujo de intenciones para adultos. Son niños que ya han recibido educación en expresión artística, en educación emocional, en arte dramático, en danza, música, natación y cualquier otra cosa que se nos pueda venir a la mente. Lo importante no es lo que los niños aprenden, sino el resultado final del proceso educativo que provoca esta sobre atención en ellos. Pensemos por un momento en qué siente un niño de cinco años que ya ha sido introducido en el mundo de la sobre atención, posiblemente se habrá ido creando una expectativa de que “esto de crecer es así”, pasar días de acá para allá asistiendo a todo tipo de experiencias estimulantes y enriquecedoras, pero luego vienen otras etapas y otra disposición distinta del tiempo, de las obligaciones, los deberes, las responsabilidades, el esfuerzo, la abnegación con su capacidad de sacrificio,… en definitiva, un mundo más basado en la rutina y en la monotonía, en lo cotidiano y en lo mundano, pero estos hijos de la sobre atención están programados para absorber un mundo de sensaciones nuevas y efervescentes.

No es nuestra intención realizar una crítica del por qué hacemos o dejamos de hacer las cosas, sino de pararnos a pensar en cuáles son en realidad las necesidades de nuestros hijos. Partimos de un modelo donde al tener pocos hijos, les ofrecemos muchas cosas que no necesitan, pero que como padres creemos o nos hacen creer que son imprescindibles, esa es la cuestión, que nos hacen pensar más en nosotros que en ellos, invirtiendo el orden de las prioridades en cuanto a las necesidades que les vamos creando a medida que van avanzando en su desarrollo.

Algunos son hijos sobre adaptados a entornos adultos, a conversaciones de adultos, a expresiones y experiencias de adultos, a series y cine de adultos. Pero, luego, cuando llegan a la pre adolescencia, nos hacen ver que son niños y niñas que se enfrentan al mundo por encima de sus posibilidades cognitivas y de sus capacidades de auto control, más allá de la edad que tienen: visten, piensan, juegan y actúan a tener más edad de la que les corresponde. No es su culpa, ni si quiera de sus padres, el causante es un modelo de consumo basado en adquirir estímulos, la responsabilidad recae en una creencia que antepone lo material a lo natural. Y la solución no es apartarse de este tipo de modo de vida, sino de dosificar en el tiempo con arreglo a la edad de cada uno, la disponibilidad plena de tantos estímulos y atenciones. Cuando un niño cumple ocho años, ya ha “devorado” al menos, un triciclo, dos o tres modelos de bicicleta, dos de patines, patinete, monopatín, varios de balones, muñecas, carritos, mochilas escolares, y un sin fin de objetos para los que apenas tienen tiempo de disfrutar o aprovechar a fondo.

Si sólo aprenden eso, es porque sólo les mostramos eso.

Pasemos a aplicar el sentido común con nuestros hijos, recuperemos la normalidad. Dediquémosles atenciones en la medida de nuestras posibilidades, pero hagamos que parte de ese tiempo sea para que ellos se hagan independientes, para que aprendan a disfrutar sin necesidad de rodearse de objetos ni actividades, a desarrollar sus recursos desde la imaginación y la fantasía, a jugar con la lectura, con el baile y con la música, pero jugar. Sobre todo dediquemos tiempo, a que acepten nuestras normas igual que aceptan privilegios, inculcándoles el respeto a los demás en la misma medida en que se les respeta a ellos, a escuchar y comprender diferentes puntos de vista, a que no todo se obtiene al instante, a que las cosas que se quieren hay que ganárselas, a que lo importante es lo que somos y no lo que tenemos, a que la felicidad nace de la suma de muchos pequeños gestos más que de la suma de muchos grandes regalos.

No es magia, es educación.

Luis Aretio

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