Adolescentes: la distancia emocional ante el fracaso en casa.

No me riñas, no me grites, no te desesperes; has sido tú quien me ha enseñado con tu ejemplo cómo se hacen las cosas. No me presiones para que haga lo que tú quieres simplemente porque te gustaría que yo fuera como tú tienes pensado. No me agobies con tus amenazas, no me ridiculices delante de tus amigos, y sobre todo no me des de lado cuando no logre cumplir con tus ansiadas expectativas, porque son sólo tuyas, no mías.

Soy una persona y tengo una vida emocional tan complicada como la tuya, solo que con menos experiencia. Siento que me miras con desdén cuando me equivoco, y sólo consigo perder tu mirada, esa de cuando lo que yo hacía te gustaba. Piensa en ti y en tus errores, en tus mentiras a medias y en tus falsas promesas. ¿Sabes? cada vez que lo haces pierdo parte de la ilusión que me unía a ti; y no, no entiendo que tu única respuesta sea abandonarme al miedo y provocar que sienta soledad, tanta soledad, que tu luz se apaga volviendo todo oscuridad, y me siento mal con esta angustia de querer y no poder… o no saber.

Lo intento pero no llego, no alcanzo a saber qué pasa en cada instante por tu cabeza, por tu exigencia de que todo sea como esperas. Me das lo que no te pido, me inundas de inútiles sutilezas, y luego, cuando algo sale mal, te revelas contra mí desplazando tu afecto a un recuerdo lejano y olvidado. ¿Recuerdas cuando decías que haríamos todo lo que yo quisiera? Ahora solo escucho que apenas tienes tiempo. Tal vez te has cansado de mí, de mis nuevos gustos o de mis tendencias, pero no critiques lo que soy  simplemente porque te molesta.

No me entiendes y no te entiendo, y así nos va, con la decepción gravada a fuego lento, porque me quema, me abrasa cada vez que escupes eso de “y tú te callas”. No es distancia lo que siento, es pena; pena de no poder encontrarnos en el laberinto de este infierno. No me insultes con mis defectos, porque la etiqueta que me impones se vuelve contra ti tras cada absurda batalla. Eres fuerte porque tú decides, pero tu fuerza te delata, porque no sabes las ganas que tengo de destruir esa sinrazón de ser tú siempre quien tenga la última palabra.

De nada sirve tu intento poco glorioso del “ven que ya verás que esto de la adolescencia se te pasa”. Siento que cada palabra retumba en lo más profundo de mi garganta, y no te preocupes, que algún día sabrás del error de cada bofetada, de cada menosprecio o de cada broma pesada.

No te alcanzo porque no me comprendes ni entiendes nada de lo que me pasa en casa. Eres como eres, pero eso no te da derecho a vomitar tu sinrazón cada vez que te de la gana. Mis emociones son mi mayor y más preciado secreto, y ahí… ahí no permitiré que me roces, que me humilles ni me dañes. Mis emociones son mías y son lo único que no alcanzas.

No es magia, es educación.

Luis Aretio

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