Ca(N)sada… y con hijos.

Agotadoras e interminables jornadas, unas más emocionantes que otras, unas más decepcionantes que ilusionantes, y otras, las menos, brillantes, quizás. Eternos quebraderos de cabeza para que todo vaya a mejor e incluso para conformarse a veces con un simple “no ir a peor”. Y no es la agenda de cualquier alto cargo, es la rutina de cualquiera que se dedique a esta maravillosa labor de ser madre, de ser padre.

Cómo olvidar las “noches de las cebollas cortadas” en la mesita de noche para ver si tose menos, o esas guardias con el Apiretal en una mano y el termómetro en la otra, o clavándote el inhalador del Ventolín en la cara porque te ha rendido la hora; esas miradas con rayos equis de corazón a corazón con mil suspiros inimaginables de tanto esfuerzo callado, de tanta duda manoseada sobre si “¿le pasará algo?”

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Ser padre… ni es lo mismo ni es igual, el radar del riesgo lo traemos programado de serie con niveles de permisividad muchas veces insoportables, ofrecemos juegos peligrosos por atrevidos, y la inmensa mayoría, cuando duerme, perdón, cuando dormimos, descansamos ignorantes de todo en lo más profundo de “la gruta de los sueños de Morfeo” -un lugar muy muy lejano, de verdad-. Lo sentimos, sentimos no estar a la altura, parece ser que es “biológico”, pero un buen codazo y un “ve a ver por qué llora” rompen muchas barreras de nuestra aparente menor sensible naturaleza.

Afortunadamente la línea de la igualdad ya sabemos donde está, otra cosa es que todo el mundo la quiera seguir, y como no hay más ciego que quien no quiere ver, igual, el método del codazo también puede llegar a servir. Codazo amable, claro.

 

 

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