Dime de qué te quejas… y te diré quién eres.

Porque nos quejamos demasiado, incluso más allá de lo que realmente necesitamos. La queja se instala en nuestras vidas sin apenas darnos cuenta, casi sin saberlo nos pasamos gran parte de nuestra rutina valorando de manera negativa o difícil aquellas cosas que nos pasan con las que nos estamos de acuerdo o simplemente no nos gustan.

¿Qué nos pasa?

Que perdemos la objetividad con demasiada facilidad y nos dejamos inundar por las emociones negativas; el umbral de la queja es cada día más bajo, en cuanto nos pasa algo –no agradable- nos hacemos las víctimas y hacemos pública nuestra decepción sin apenas dedicarle tiempo a la reflexión.

Nos quejamos por vicio dice el dicho, y está muy bien dicho, porque cuando nos acostumbramos a quejarnos se vuelve un hábito, y donde al principio todo parecía ser un mecanismo de desahogo, después se convierte en todo un mal hábito donde por inercia, la realidad se tiñe de dificultad y sinrazón.

Las conclusiones pueden esperar.

Cuando las cosas no han ido como esperábamos, ya sea una decepción, una expectativa no resuelta como queríamos, un traspié de los muchos que la vida nos regala, un revés de los que te dejan varios días tirado… es entonces cuando nos empeñamos en querer hacer balance de satisfacción, y claro, con tanta emoción negativa “las cuentas no suelen salir bien”. ¿Por qué no tenemos la misma disposición a sacar conclusiones cuando las cosas van bien? Pues porque no tenemos la necesidad de revisar o valorar nuestros aciertos. Somos de tendencia aprensiva, vemos la realidad con las gafas de la distorsión más superficial, nos pasa con nuestras parejas, con nuestras familias, con nuestros hijos, con nuestros amigos, con nuestros objetos más cotidianos… y creemos que para ser felices necesitamos que todo funcione como una maquinaria de alta precisión, que no haya ruidos ni estridencias, y claro, eso solo dura un instante.

No sabemos esperar.

Ni sabemos ni queremos esperar. Lo inmediato gana la partida a la paciencia (tan deseada y proclamada). Solemos estar pendientes de cualquier fallo individual o de los demás… eso es tan fácil, tan previsible, que lo hacemos de manera casi automática. Sabemos lo que nos molesta, lo palpamos, pero nos empeñamos en que las emociones cambien cuando nuestra propuesta se limita a seguir realizando quejas y más quejas, nunca a aportar soluciones, a esperar que pase esa mala racha o esa emoción que hace que todo parezca fatal. Esperar es un arte que poco o nada tiene que ver con resignarnos o aguantarnos; esperar es tener la calma suficiente para recuperar la objetividad perdida y poder hacer valoraciones cuando las cosas se hayan enfriado lo suficiente. Haz la prueba, después de una mala experiencia o mala noticia, espera cuarenta y ocho horas, verás cómo la intensidad de la emoción ha cambiado y la visión catastrófica ya no lo es tanto.

11899991_889812717771756_4419358932463914321_nConvéncete, las quejas no cambian las emociones, las amplifican. Esa necesidad de ir por ahí defendiendo derechos a veces imposibles de entender, esa manera de criticar cualquier fallo en los demás, ese impulso de enjuiciar todo lo que nos pasa… tan solo sirven para hacer más difícil nuestra imperfecta existencia. Es imposible que todo lo que nos rodea sea como queremos, sobre todo porque los primeros imperfectos somos cada uno de nosotros.

Los niveles de exigencia o el rasero que utilizamos a la hora de realizar valoraciones no son siempre los mismos. No es lo mismo una mala noticia un día que te sientes bien, que un día en que todo pesa más de lo normal. Somos relativamente permisivos con los demás, pero con nosotros mismos no siempre sabemos resolver del mismo modo o con la misma amabilidad nuestras propias incoherencias. No es justo, nada justo.

Aceptar para disfrutar.

No se trata de disfrutar con las cosas que nos hacen sufrir, pero sí podemos tomar una decisión de qué queremos hacer con las cosas que nos molestan o nos duelen. Quejarnos ya sabemos que no sirve de nada, cambiemos de hábitos y busquemos en nuestros recursos nuevas formas de encajar lo no fácil o difícil. Aceptar implica tomar conciencia y aprender para futuras decepciones, conlleva soportar la carga de lo inesperado con la justa calma de lo posible, y resuelve como quien tiene un as en la maga, la posibilidad de saber encajar con elegancia lo que no nos gusta o desagrada, pero que forma parte comprensible e inevitable de la vida misma.

Quien hace siempre lo mismo… obtiene siempre el mismo resultado.

Aprendamos de nuestros defectos y de los defectos de los demás como una forma de entender que podemos mejorarlos, pero sólo si queremos hacerlo de verdad. El resto es adherirse a una forma permanente de insatisfacción que poco o nada aporta, si acaso malestar crónico o desilusión permanente. Haz algo… pero algo que sea diferente.

No es magia, es educación.

Luis Aretio.

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