La curiosidad.

Somos curiosos por naturaleza. Desde la primera infancia hasta el último de nuestros días, cuando ya casi nada ni nadie nos sorprende. Todo lo que se nos muestra oculto despierta un interés desmedido en quien ha de esperar a saber el resultado de una hipótesis no resuelta. Si la curiosidad mató al gato, al ser humano le proporciona un aliciente casi siempre ilusionante.

La curiosidad nos permite descubrir inventos, soñar lo que aún no se ha soñado, discurrir, aportar, innovar. Ser curioso no es bueno ni malo, todo dependerá del uso que hagamos de ello. Una persona puede sentir curiosidad por la vida de los demás, no hace falta que sea ningún famoso; es el saber para opinar, normalmente sesgado y distorsionado, pero la información es poder, y el poder nos gusta.

Cuando curioseamos desplegamos mecanismos no científicos de observación y exploramos nuestro entorno con un tacto algo torpe, casi desinteresado; pero puede ocurrir ese instante de insght o alumbramiento súbito y espontáneo donde lo tratado pasa a ser sometido a un contraste más riguroso, y si pasa el corte, lo revelamos a los demás como una nueva conquista de nuestro conocimiento.

Ser curiosos es también prestar una mayor atención a los detalles; es explorar la realidad con un minucioso celo o detenimiento. Es ser ocurrente, efervescente y persistente. Es un estado de activación fuera de lo común donde lo que se persigue es saciar una necesidad que no es nuestra, sino que pertenece al mundo que nos rodea. Queremos saber algo que no es trascendente, pero que se vuelve importante por el simple hecho de despertar esa necesidad.

Su máximo exponente son los niños. En torno a los tres años hay niños que no preguntan, más bien avasallan, pero como son niños, no sienten pudor y se entregan a sus baterías de interminables preguntas como sabuesos a su presa. La necesidad de aprender es en ellos tan fuerte, que derrochan toda su creatividad en aras de su saciedad documentalista; quieren saber, necesitan saber.

Siempre se ha dicho que ante un accidente de tráfico, quien provoca más atasco es la curiosidad de todos por saber qué habrá ocurrido, pues no podemos evitar aminorar nuestra velocidad y mirar; unas veces nos sorprende, otras nos dececepciona, y muchas nos deja indiferentes, pero en todas ha habido una imagen anticipatoria que necesitamos confirmar. Es como cuando adelantamos a otro vehículo y ambos  conductores nos miramos “para ver quién es”, y en ambos descubrimos la misma expresión… ¡Qué curiosos!

La curiosidad es un estado disociativo, nos divide entre lo que sabemos y lo que queremos saber, entre lo conocido y lo desconocido. Los grandes misterios se convierten en un parque temático para nuestras emociones. Creamos hipótesis a partir de lo que ya conocemos y simplemente lo adaptamos a lo que esperamos.

Donde hay una persona hay curiosidad, porque no nos hacemos curiosos, nacemos curiosos ya; y donde hay curiosidad hay necesidad… de querer saber.

No es magia,  es educación.

Luis Aretio

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