La Humildad: vivir y educar “con lo puesto”.

Vivir y educar “con lo puesto”, con lo mismo que queda después de un incendio, con la ausencia de ti mismo, con el merecido olvido de quien se sabe perdido. No, no es un relato de desesperanza sino sobre la realidad que a veces nos asalta por el camino, nos asusta y nos inquieta hasta sentirnos del todo inseguros en nuestro, a veces, incómodo destino.

Sabrás de su existencia por la conciencia de todo cuanto admiras, sabrás que los demás no tienen tu misma inquietud ni quietud, y no tendrá descanso ni en el momento en que intentas tomar un poco de aire fresco.

No desesperes porque los demás te inviten a sentir su más trágico odio por todo, porque el mundo no es de quien tú crees, el mundo no pertenece a nada ni a nadie; la realidad se entiende en la calma de quién toma decisiones con argumentos creados a golpe de criterio y razón, nunca la imposición decide cuánto ni cómo, nunca la razón se une al mediocre que sólo sabe gritar ni al cobarde que siempre huye, y nunca, por más que insistan, cambies tu criterio por el simple capricho de una mala racha o de una decisión poco acertada.

La humildad no tiene quien la defienda porque de nada teme, la humildad es eso que cada uno entiende y todos quieren, pero que no tiene dueño ni lo ha de tener. Ser humilde es también acariciar el hoy y el presente, ser consciente de las limitaciones de todos y de uno, es saber ser en un mismo instante el deseado centro del universo y, a la vez, el más olvidado imperfecto. La humildad se educa, se enseña, se cuida, se aprende, se cultiva y se atiende; es un don, un valor y a la vez el mayor regalo que la vida te puede ofrecer. Ser todo y nada a la vez, ser el primero y el último, ser imprescindible por valiente e ignorado por consecuente.

Humildad, palabra, estado, recurso, bondad, modestia, recogimiento, recato, paciencia… humildad, ser, estar, querer, amar… con la calma que te mereces.

Educa a tus hijos en la humildad de cuanto hacen, sienten, defienden o sufren; educa siempre con tu ejemplo más humilde.

Luis Aretio

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