La infancia robada, otra forma de “maltrato infantil”.

Robada y perdida con el consentimiento y el beneplácito de todos y cada uno de nosotros. Madres y padres, en un último intento de dar a nuestros hijos lo mejor de lo mejor, hemos lanzado al futuro a niños y niñas que parecen, casi todos, mayores de la edad que tienen. Por activa o por pasiva hemos convertido tener hijos en un suplicio cada día más complicado de entender. ¿Cuándo empezó todo esto? ¿Alguien lo recuerda?

Somos hijos de la democracia, mejor o peor, pero democracia. Somos hijos de la transición y de la apertura al mundo, somos también hijos de la globalización, pero pienso que quizás nos atragantamos hace tiempo y aún creemos que estamos haciendo la digestión de lo que todavía no nos ha pasado.

Del autoritarismo de nuestros padres apenas quedan cenizas. De las bofetadas de algún “Don Ramón”, hemos llegado a tener que solicitar una ley de protección por las agresiones que reciben los docentes en el aula. Del respeto exquisito a los abuelos, hemos llegado al desprecio obsceno y rancio por el conjunto de las personas mayores dejándolas al cuidado de su propia soledad. No hay piedad, no hay perdón.

¿En qué se parece la educación que damos a nuestros hijos a la que nos dieron nuestros padres? No es necesario repetirla, estaba llena de imperfecciones, es fundamental mejorarla si acaso. Sabemos tanto sobre desarrollo evolutivo antes de que nazcan nuestros primerizos, que demasiadas veces se nos ha llenado la boca de teorías y teoremas sobre qué método o qué sistema es el mejor para nuestros futuros herederos. Menuda herencia.

La inteligencia emocional nos tiene a todos un poco “amamonados”. Queremos ser felices buscando maneras de sentirnos únicos en esta globalizada aldea; y nuestros hijos nos observan, huelen nuestra indecisión y falta de confianza cuando nos ven actuar con ellos mientras consultamos “el manual”. Y no, no es la mejor idea.

Cada edad y cada etapa necesitan ser respetadas, tanto en tipos de atenciones, en juegos, en exigencias y responsabilidades, pero se nos va la mano con las expectativas de cómo queremos que sean nuestros hijos, y pisamos el acelerador ofreciendo hábitos, productos y aspiraciones por encima de la edad que tienen, es decir, por encima de sus posibilidades.

Nuestros hijos en muy pocos años han acumulado más experiencias y destrezas que nosotros en muchos más años de vida. Y no hablo de lo digital o de la realidad virtual, eso da para una capítulo completo, sino de vivencias lúdico culturales, espectáculos, fiestas, eventos, cumpleaños, deportes, extraescolares, reálitis televisivos con fórmula de concursos, conciertos en directo, etcétera.

No es lo que les ofrecemos, es la voracidad con que lo hacemos. La rivalidad es ya un culto, nuestros hijos y nosotros nos vemos envueltos de muchas maneras en contiendas sociales, deportivas, o de lo que sea, pero se repite casi siempre el mismo esquema de “y yo más”. Qué va, tampoco es esa la idea.

La infancia robada ya no vuelve, lo que se pierde se pierde para siempre, y no hay derecho ni para ellos ni para nosotros a que sigamos sumidos en este despropósito de consumo, porque es consumir sin consumar, es dejarnos llevar por la inercia a seguir cada nueva tendencia… ¿No os resulta agotador? A  mi me desespera sólo pensarlo, me aburre.

Yo quiero que mi hija haga cosas de niñas de su edad, escuche música de su edad y no imite a los adultos en sus aspiraciones de triunfar. Yo quiero que mi hija sea feliz sin consumir el último merchandising de lo que sea, que sepa lo que es la moderación, esperar, merecer, ahorrar y soñar mientras llega eso tan deseado. Quiero que mi hija disfrute de su edad y que crezca sin la prisa a la que nos están obligando tener.

Que me paren el tiempo por favor, que yo me bajo, que quiero llevar a mi hija muy despacito, juntos… de la mano“.

No es magia, es educación.

Luis Aretio

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