La mujer asume y el hombre presume. Y aunque lo llamen igualdad, no… no lo es.

Hablar de igualdad desde la mera diferencia de género no es de recibo en los tiempos que corren. Hemos dado al traste con muchos tópicos heredados desde nuestra educación más machista. Lo viril ya no tiene sentido como seña de identidad; lo viril ya no tiene género… ahora priman nuevos valores y esquemas basados en capacidades que nada tienen que ver con los arquetipos dominantes hasta hace poco tiempo.

Querer no es poseer, querer no es tener, ni tan siquiera es llevar la iniciativa, eso tan sólo son más palabras sexistas. Nos debería gustar dar tanto como nos gusta recibir en este terreno cada vez más admirado de la igualdad. La inteligencia se abre paso como señal distintiva de poder y deseo, porque poseer un buen intelecto es tener algo más que ser ocurrente, es manejar aspectos y conceptos socioculturales sugerentes, es ser creativo más allá del vulgar colchón, es dar nombre a lo desconocido y a todo lo que nos puede interesar, es la empatía por la empatía, es saber lo que quieres tú y lo que quiero yo.

A todos nos gusta sabernos seducidos e interesados por alguien afín a nuestros gustos o tendencias, y nos excita saber que aún somos capaces de despertar admiración en los demás al margen del género, porque ya nada es como era antes: la mujer reproductora y el macho protector.

Mientras unos salen sin complejos del armario, otros salen tímidos y abochornados de las cavernas en las que han vivido cobijados con argumentos tan arcaicos y vergonzosos como que “el hombre decide y que la mujer cuide”.

¡Cobardes, que somos unos cobardes! Vivimos asustados de medirnos de igual a igual; nos jactamos de lo mucho que nos gustan las mujeres poderosas en la vida y en el sexo, pero sólo lo hacemos para ocultar nuestro miedo, para escondernos en nuestro falso ego. Ahora nos gusta ir presumiendo de progres y de que “ayudamos mucho”, pero si aplicamos la máxima de “dime de qué presumes…” sabremos que lo hacemos porque no tenemos más remedio. No sería políticamente correcto seguir aferrándonos a nuestra parte más primitiva ahora que por fin parecemos modernos. No, no es ayuda lo que se necesita en casa, ni con la comida, con el baño ni con los niños, eso es sólo más de lo mismo; se trata de que todo es de todos, de todos, ni tú más… ni yo menos; y tiene nombre, se llama respeto.

Nos da miedo que la mujer sea quien domine y para evitarlo construimos murallas sociales, vallas educativas, cortafuegos políticos o todo aquello que evite la imparable amenaza del miedo a la mujer castrante. Nos gusta regalar el oído a las mujeres con iniciativas progresistas, pero otra cosa muy distinta es que aceptemos que sean las mujeres quienes tengan en la mano el testigo en esta carrera de relevos. ¿Y si se les cae? Pero… ¿Y si lo hacen mejor que nosotros?

Hace falta mucho más que contar asesinatos dolosos y vergonzosos para parar lo que YA está ocurriendo: la extinción lenta pero constante del dominio del hombre en la tierra. Hace falta algo más que odio para detener el desequilibrio decadente que hemos ido orquestando desde que el mundo es mundo, al menos desde lo que recordamos, porque ¿de dónde veníamos? Ah si, del mono… menudo timo.

Seamos valientes, seamos coherentes, seamos iguales en todos los sentidos, que aunque los tiempos están cambiando… más  vale que nosotros también cambiemos a tiempo.

No es magia, es educación.

Luis Aretio

Deja un comentario