Las Comparaciones: ¿son siempre odiosas?

De las comparaciones se dice que son odiosas, pero… ¿Qué es lo que las convierte en algo negativo?: pues que no sabemos utilizarlas.  

Las personas comparamos desde la carencia, desde lo que no tenemos o creemos que nos falta, y si lo aplicamos a la educación, ¿quién es más listo, guapo o simpático?, ¿quién camina antes, habló antes o controló el pipí antes?, ¿de qué nos sirve?, ¿a quién le sirve?

Y si es entre hermanos, ni digamos el daño que hace a la autoestima de quien es comparado.

Frases célebres:

“Mira tu hermano cómo: obedece, recoge, come, o bla, bla, bla” este tipo de expresiones no ayudan ni a quien compara ni a quien es comparado, tan solo generan frustración mutua.

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Cada persona es un mundo, y cada mundo debe ser comprendido desde la más estricta individualidad; si quieres que un niño mejore su comportamiento o realice un esfuerzo, por favor, descarta la comparación de su vida.

¿Quién educa mejor?, ¿mejor que quién?, ¿en qué contexto?; que un niño muestre unas competencias antes que cualquier otro no significa que su desarrollo sea mejor que el de los demás…en nada. La aparición temprana de destrezas, en condiciones normales, se debe al desarrollo o maduración de las áreas cerebrales responsables de dichas funciones, ¡esa es la cuestión!, por eso hay y habrá niños más avanzados que otros, pero no mejores o peores que nadie.

¿Con quién los comparamos? No les hagamos ese flaco favor a nuestros hijos, porque, según aquello que valoremos, según el día, incluso según nuestro estado de ánimo, pero sobre todo, según con quién los comparamos: un día serán niños “normalitos”, otros días serán “los peores”, y los menos, los convertimos en seres extraordinarios.

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