Las malas notas: seamos justos, suspendamos todos.

Llegan las notas, y con ellas, como cada evaluación, llegan las alegrías o las penas, la gloria o la derrota, la calma o la angustia. No hay término medio, no hay medias tintas, no hay paz para los suspensos. Llegan las notas y en muchos casos la desesperanza por no haber alcanzado los objetivos, la borrosa visión de un futuro incierto cargado de amenazas, de academias de refuerzo o de vacaciones opacas. Llegan las notas y parece que llegara el enemigo.

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Solo suspende quien hace mal los exámenes, pero ¿la familia y los docentes, siempre aprueban? No, si suspende un alumno suspendemos todos, pero eso no está tan claro. La responsabilidad es unidireccional y la soledad también, y no, no es justo que la carga sea siempre para quien soporta todo el peso de la ineficacia de un sistema anestesiado en un pasado obsoleto. Seamos justos, suspendamos todos: familias, docentes, sistema educativo y en último lugar los alumnos; todos a clase de refuerzo, todos a la repesca, todos juntos, todos a aportar ideas, y que cada uno aporte lo que le corresponda, pero que sean soluciones y no reproches, y que sean definitivas, no parches.

Las notas no están para etiquetar sino para destacar aquello que no hemos conseguido aprender, que no hemos podido enseñar o que no hemos sabido ayudar a tiempo. ¿Cuál es el plan de rescate? ¿Para quién debe ser el refuerzo o el castigo?

Si un alumno suspende y no supera “la nota” mínima, es porque algo no funciona, es porque no se siente bien y no termina de superar alguna dificultad que le molesta; lo correcto, o lo justo, sería aunar esfuerzos para que ese alumno consiga motivarse y, arropado por todos, culmine la no siempre fácil tarea de saber hacer las cosas bien, ¿o tú nunca te equivocas?…

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