Los celos entre hermanos: ¿Me quieren… o no me quieren?

¿Qué sienten nuestros hijos ante la llegada de un nuevo ser deseado y querido quien hasta entonces sólo estaba en una “nube” llamada barriguita de mamá? Unos alcanzan hasta donde quieren, otros entienden según lo que les conviene y muchos… hasta donde pueden.

Consideremos el momento de la llegada y del cambio en la estructura de toda la familia. Si es el segundo hijo, todo es nuevo para todos: papá, mamá y el primer superviviente primogénito con el que hasta ahora nos hemos relacionado; todos nos tenemos que enfrentar a un nuevo concepto del tiempo, de la dedicación y sobre todo del afecto que pasa a ser compartido, y esto sí que puede convertirse en una amenaza real para el que ya está aquí, o no, no siempre se vive igual en cada persona, en gran parte estará determinado por el carácter, el temperamento de cada niño y sobre todo de la coherencia en la intervención de sus padres.

¿Cómo te sentirías si de pronto tu pareja te dice que se viene otro/a a vivir a casa? Que ahora vais a ser tres… pero que tú no te preocupes, que os vais a querer mucho.

Pues así pueden llegar a sentirse nuestros hijos cuando viene “el otro”. Muchos experimentan un embarazo lleno de referencias a lo bueno y maravilloso de ser “los mayores”, desfilando ante ellos un sinfín de ventajas y privilegios que de poco o nada les sirve, al contrario, les estamos dando pistas contundentes durante varios meses de lo mucho que va a cambiar todo… y es cuando se percatan realmente de que les estamos “vendiendo una a moto” que les hará sospechar de que “hay gato encerrado”; sus preocupaciones van mucho más allá del estatus o de los inútiles beneficios  de ocupar la primeriza posición, y a ellos les empieza a rondar, entre la cabeza y el alma, la desagradable idea de que “a mi ya no me quieren igual o quieren más a mi  hermanito/a“. Una idea ésta que para nosotros es absurda y lejos de toda razón, pero que para ellos es a veces una duda sin precedentes que va in crescendo a medida que pasan los días y solo advierten a confirmar todo aquello que alimenta esa duda, su ya gran duda. Una amenaza para la supervivencia de su modus operandis emocional con el que han crecido hasta ahora y con el que no han sentido ningún conflcito. Su hasta ahora maravilloso mundo se va estrechando frente a sus propias emociones confusas, su imaginación les juega malas pasadas que les pueden llegar a trasladar sensaciones de abandono, oscurantismo y sobre todo un futuro incierto. Sentirán que “qué habré hecho yo para que mi madre, lo que me ha unido al mundo en una lujuria de dos, me venga ahora con una cosa ruidosa y maloliente”, y que sin saber muy bien por qué, se ven obligados a compartir su nirvana con un “desconocido”  además de tener que poner buena cara y aparentar ser felices. No es fácil de entender, no.

Los celos no son malos ni buenos; son la tensión propia de cualquier relación, en este caso fraternal, pero nada más que eso, rivalidad fraternal por capturar la atención y afecto de los progenitores. Algunos se deprimen, otros se sublevan, se develan, otros están siempre a la defensiva o se revelan contra la calma que quieren sus padres, y se las apañan para que el ambiente sea fiel reflejo de sus emociones más retorcidas, sabiendo crear el caos en un instante, así, como si nada; y es que hay una regla de vida importante que dirige todo esto y es que “si yo estoy bien tú estás bien, pero si yo estoy mal, tú igual o peor”. Esto puede determinar una parte de la relación; si un niño se siente mal y los adultos no sabemos interpretar esa emoción, se puede producir un refuerzo negativo en la conducta, volviéndose un poco más difícil a cada intervención nuestra.

Y ¿Qué se dice del tercer hijo? ¿…que se cría sólo? ¡Angelito!  Éste, en algunos casos alivia cierto nivel de angustia del primero ya que ahora le toca a quien le destronó probar de su propia medicina, y eso alivia, y mucho. El que antes era el pequeño ahora es el del medio, y en algunos casos inicia su periplo por el desconocido mundo de la desventura de sentir la amenaza que sufrió el primero: la rivalidad o los celos.

El peso de la fraternidad, del amor y de la entrega por la consanguinidad, el “te quiero porque lo dice un vínculo mágico que nos une y nos ata”. Saber que a tu lado tienes un “casi siempre” aliado, una fuente de compartir momentos y tormentos, una mano para dar y también otra para tomar; un cariño para repartir y un poder también… para herir.

No es magia, es educación.

Luis Aretio

 

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4 comentarios en “Los celos entre hermanos: ¿Me quieren… o no me quieren?”

  1. Te leo con muchísima atención siempre, pero en este tema aún más, pues ya sabes lo que nos llevó a Raquel y a mi a ponernos en contacto contigo…
    Ha sido muy importante para nosotros el comprender que el comportamiento de nuestros hijos tiene un origen muy concreto, y radica en encontrar ese origen para poder reconducir la conducta.

    1. Gracias Miguel, sobre todo por comprender que nada tiene sentido si no hay detrás una emoción que dirija toda conducta; es una de nuestras asignaturas pendientes como padres y madres: “dejar de perseguir el humo para aprender a apagar el fuego”. Un abrazo con lazo para todos.

  2. Buenos días Luis,
    Como sabes alguna experiencia tenemos en este tema.
    Después de vivir la llegada de “otro” en tres ocasiones tan solo tenemos una conclusión clara, que mantener atendidos a los que preceden alivia, y mucho, su agobio ante lo desconocido.
    Eso requiere de esfuerzo y constancia, de quitarte horas para que no noten un cambio radical.
    Quizás, a veces, la emoción de la llegada nos cree la sensación de que el último es el más frágil cuando, a esas edades, todos son igual de frágiles, cada uno en su ámbito.

    Un abrazo!!

    1. Hola Felipe, la experiencia es un grado y más en una familia con tres hijos. Las prioridades se diluyen y hay que tener “mano” para entender y guiar a cada uno según su carácter y necesidades; no debemos hacer demasiados malabares con las atenciones sino normalizar y moderar la dedicación en función de la disponibilidad de cada tipo de familia, y eso se puede convertir a veces en un puzzle para todos, pero como bien dices, con constancia todos debemos aprender a adaptarnos no sólo a repartir el afecto, sino a las muchas vivencias que tienen que venir como parte del normal desarrollo. No es difícil, es “entretenido”. Gracias por aportar tu comentario PAPÁ. ¡Hasta pronto!

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