Menos chuches y más achuchones.

Las chuches han existido desde la edad de piedra, desde siempre vaya; la necesidad del ser humano de consumir azúcares las han ido convirtiendo poco a poco en un objeto asociado al ocio, al placer, a un capricho.

Su valor nutricional es cero, están compuestas de un 80 % de azúcares, y el resto son gelatinas procedentes de restos animales además de sustancias sintéticas para dar color, sabor, etc.

Comer chuches no es malo, ni mucho menos, es para una gran mayoría un placer, lo malo es no tener el control sobre la cantidad que comen nuestros hijos (y no tan hijos…).  Su consumo se ha generalizado tanto en edades como en horarios, y claro, hay niños que piensan que tienen el derecho a comerlas cada vez que quieran. Y cuidado con el marketing al que están expuestos, está diseñado para que consumamos a discreción, no para hacernos felices, para hacer felices a las multinacionales sin escrúpulo alguno.

Bien usadas son una fuente inagotable de motivación, no como un chantaje, sino como un refuerzo que permitirá la aparición de conductas deseadas, de pequeña “fiesta” por haber realizado un esfuerzo real. Para que un estímulo no pierda su eficacia lo mejor es aprender a dosificarlo, poco a poco. Que comer una chuche se mantenga como algo realmente extraordinario, poco común.

Y como siempre, nuestro ejemplo es el mejor de todos los argumentos. Cambiemos las chuches por achuchones, por cosquillas y cariñosos apretones.

Luis Aretio

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