No me quieras tanto, quiéreme mejor III

Los Vínculos. 

Dependemos de los vínculos como depende el personaje de una novela de su autor, somos lo que nos han dado y lo que nos ha faltado, somos aquello que han podido, sabido o querido darnos, pero somos un resultado, un estado, una forma corpórea que se levanta con sueño, come, trabaja, ríe o llora y vaga por el mundo buscando su otra imposible mitad.

Cuando educamos a nuestros hijos estamos ya empezando a educar a nuestros futuros nietos, y a los hijos de los hijos de nuestros nietos; el vínculo se mantendrá si somos capaces de alimentar el respeto por los demás antes del resplandor efímero por uno mismo, no hay mañana si no sabemos dar vida a nuestro presente, si hoy no ponemos lo mejor de cada uno para restablecer ese cordón umbilical cortado en seco, sin anestesia, nada más nacer.

El vínculo que todo lo ve, que todo lo alcanza, que todo lo puede, no tiene forma, ni color ni norma, no huele, no sabe a nada y no crece sino que se transforma, y poco a poco, como una caricia, te cubre de apego, de seguridad, de estima, de confianza, de consuelo.

Para aprender a amar sí hace falta ser amado, y si quieres ser amado, ama, reparte afecto, cariño, caricias, sonrisas y empatía, quiere con locura, con mesura, con el corazón o la razón, pero quiere bien, reparte amabilidad, comparte tu mejor dulzura, así, llegará el mañana, ese futuro incierto y tan deseado, y te amarán como sólo tú has amado.

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