Los “Vecinos de Cabecera”.

Todos tenemos una o un vecino de “cabecera”, o casi todos; pues bien, tened mucho cuidado con esta especie, tienen la costumbre de asaltar a sus víctimas en los descansillos, ascensores y zonas comunes. Tienen cara de “buena gente”, su insignia es la disponibilidad permanente, siempre tienen tiempo para interesarse por tu estado y/o por el de tu familia,…muy despacio, se acercan, manejan la conversación sigilosamente… y ¡zas! se abalanzan sobre ti sin piedad dándote consejos, recetas caseras, y si te descuidas, te cuentan varias anécdotas vividas en primera persona o en la alguno de sus muchos familiares, incluyendo a familiares de familiares.

Muy importante, no les ofendas con un rechazo, si se sienten agredidos pueden llegar a contarte alguna operación a vida o muerte empleando términos profesionales tan técnicos, que ni un médico cirujano podría descifrar. Simplemente sonríe y da las gracias, di que tratarás de llevar a cabo sus buenos consejos, y corre, se ágil, invéntate una excusa con la que poder ir ganando distancia; hasta el tercer o cuarto “gracias” no suelen parar… ¡no saben parar!

Remedios contra todo tipo de síntomas, ejemplos prácticos para todo tipo de casos, modelos a seguir sobre cómo afrontar los avatares la vida; da igual que tus hijos tengan sólo meses, también saben de “pediatría popular”… Gracias por todo, de verdad, pero que lo que a unos les funciona a otros nos puede matar, y más sabe el Médico de Cabecera, que muchos expertos en intromisiones o “Vecinos de Cabecera”.

Moraleja: quien de todo sabe de nada entiende.

No me quieras tanto… ¡quiéreme mejor! II  

El síndrome del “niño Jesús”.

Así es como llamo, con todos mis respetos por el símil, al conjunto de niños que son adorados, adulados, loados, elevados casi a los altares, en sus primeros años de vida.

¿Qué pasará por la cabeza de un bebé que percibe día tras día que él es el centro del universo? ¿Cómo se sentirá ante tanta atención y tanto abrumador deseo? ¿Se creerá realmente lo que su entorno le propone? Y lo que es más mundano… ¿Le pasará factura?

Nuestros hijos son muy importantes, eso ni se discute, pero no debemos hacerles creer que lo son todo, o que son lo único importante, pues entonces se lo creerán, y no será por su culpa, sino por nuestro desmedido amor.

Debemos hacerles crecer como un miembro más de la familia, con sus prioridades y atenciones, pero si nos “pasamos”, al final serán ellos quienes arrastren ese sobrepeso, pues la vida no es ni será tan aduladora en todo momento, más bien desafiante, agresiva incluso.

No es querer mucho, sino querer bien.

 

 

Educar el criterio propio.

Pensar es sinónimo de conciencia e identidad, y para pensar no hay nada como aprender a cuestionar. Somos los padres quienes debemos mostrar interés por sus opiniones, ampliando con reflexiones propias o aportando cuestionamientos lógicos; se trata de despertar el interés por lanzar hipótesis sobre los acontecimientos, abrir un abanico de preguntas para cada cuestión…

La conciencia crítica la adquiere cada individuo a partir de las experiencias de aprendizaje que proponemos primero los padres y luego el resto de los agentes socializadores. Nuestros valores, nuestras formas, todo lo que hemos ido mediando a través de nuestro ejemplo en nuestros hijos, emergerán tarde o temprano pues son la base sobre la que construyen su identidad.

Nuestro ejemplo es el mejor criterio que podemos ofrecer a nuestros hijos; si nos escuchan opinar, reflexionar o debatir de manera constructiva, les estamos proponiendo una manera de abordar las diferencias, de sacar el máximo partido de nuestra capacidad de observación, de luchar por nuestros principios, de educar antes de dejarlo en manos ajenas.

Potenciar el pensamiento propio, la creatividad a la hora de buscar diferentes alternativas y de todas elegir la más adecuada, volver a revisar las decisiones, aprender a no seguir las modas porque simplemente los demás lo hacen; enseñarles a defender sus opiniones aunque no coincidan con otras, pero respetándolas, ofrecerles oportunidades para aprender de los errores…

Mejor que piensen por si mismos antes de que “los demás” les quieran hacer pensar en función de sus intereses.

No es magia, es educación.

Luis Aretio

Educar el criterio propio.

Pensar es sinónimo de conciencia e identidad, y para pensar no hay nada como aprender a cuestionar. Somos los padres quienes debemos mostrar interés por sus opiniones, ampliando con reflexiones propias o aportando cuestionamientos lógicos; se trata de despertar el interés por lanzar hipótesis sobre los acontecimientos, abrir un abanico de preguntas para cada cuestión… Continúa leyendo Educar el criterio propio.

Enseñar a esperar.

El que espera desespera, dice el refrán, y tiene mucha razón porque o no sabemos o no queremos esperar. Tendemos a la gratificación inmediata, lo quiero y lo obtengo YA, de ahí el éxito de las nuevas tecnologías de la comunicación, siendo el móvil el máximo exponente de este fulgurante ascenso: permite lo inmediato, lo instantáneo.

Es muy difícil no caer en el error cuando lo cotidiano, lo que nos rodea,  resulta todo lo contrario: lo normal es levantarse corriendo para ir al cole corriendo, para hacer los deberes corriendo, comer algo rápido y salir pitando para las extra escolares y volver rápido a casa para que nos de tiempo a cenar a buena hora y nos quede algo de tiempo antes de que nuestro cuerpo diga basta.

El triunfo de lo rápido, de lo exprés, ha dado al traste con nuestra tranquilidad, ha mermado la capacidad de la persona de tener paciencia y saber esperar sin desesperar. Ha oxidado nuestra ya rígida manera de entender el tiempo.

Si queremos exigir a nuestros hijos que sepan esperar, mejor demostrarles y empezar por revisar cómo andamos de paciencia los adultos, así tendremos una idea de cuánto les cuesta a nuestros hijos aprender a esperar. Si quieren algo especial, que esperen a un momento especial (santos,  cumpleaños, etc.…), así podrán entender que lo que vale la pena se hace siempre esperar. Si estás en medio de una conversación, enséñale a que pregunte si puede interrumpir; si hay colas que hacer, aprovecha para jugar a algo improvisado; si no encuentras lo que vas buscando, demuéstrale que no pasa nada, enséñale a esperar.  ¿Tú lo haces?

Luis Aretio.

Enseñar a esperar.

El que espera desespera, dice el refrán, y tiene mucha razón porque o no sabemos o no queremos esperar. Tendemos a la gratificación inmediata, lo quiero y lo obtengo YA, de ahí el éxito de las nuevas tecnologías de la comunicación, siendo el móvil el máximo exponente de este fulgurante ascenso: permite lo inmediato, lo instantáneo. Continúa leyendo Enseñar a esperar.

La famosa silla de… ¿Pensar?

Muchas de las Seños o Educadoras con las que trabajo me cuentan maravillas del método de “la silla de pensar”. Opinan que es una buena herramienta sobre todo para aquellos niños más difíciles. Las familias en casa, cuando han sido informadas, muestran el malestar hacia sus hijos, pues han hecho algo que les ha llevado a ser amonestados; y yo me pregunto, ¿Es lícito someter a semejante experiencia a niños de dos a 6 años? ¿Por qué? ¿Por ejercer de niños?     Continúa leyendo La famosa silla de… ¿Pensar?

La famosa silla de… ¿Pensar?

Muchas de las Seños o Educadoras con las que trabajo me cuentan maravillas del método de “la silla de pensar”. Opinan que es una buena herramienta sobre todo para aquellos niños más difíciles. Las familias en casa, cuando han sido informadas, muestran el malestar hacia sus hijos, pues han hecho algo que les ha llevado a ser amonestados; y yo me pregunto, ¿Es lícito someter a semejante experiencia a niños de dos a 6 años? ¿Por qué? ¿Por ejercer de niños?

Parece como si se hubiese protocolizado el fracaso: “el rincón de pensar, el de los que no hacen las cosas bien”. ¿Te imaginas que cada vez que hacemos algo mal los adultos, nos ponen castigados a pensar en un rincón a la vista de todos?

La experiencia confirma, que salvo en muy pocos casos, simplemente apartar a los niños no es suficiente para que surta efecto esta modalidad de la técnica del “tiempo fuera” tan extendida. Si no somos capaces de incluir una visión empática que nos oriente sobre las causas de ese mal comportamiento, nos estamos quedando con lo que se ve, con el síntoma puro y duro, cegando y retrasando cualquier acción pedagógica.

¿Por qué no los/nos mandamos a pensar cuando las cosas se hacen bien? ¿No sería más constructivo? Yo estoy convencido de que si, y muchas Seños terminan también convencidas de que más vale corregir que reñir, que más vale elogiar que castigar. ¡Piénsalo!

 

Menos chuches y más achuchones.

Las chuches han existido desde la edad de piedra, desde siempre vaya; la necesidad del ser humano de consumir azúcares las han ido convirtiendo poco a poco en un objeto asociado al ocio, al placer, a un capricho.

Su valor nutricional es cero, están compuestas de un 80 % de azúcares, y el resto son gelatinas procedentes de restos animales además de sustancias sintéticas para dar color, sabor, etc.

Comer chuches no es malo, ni mucho menos, es para una gran mayoría un placer, lo malo es no tener el control sobre la cantidad que comen nuestros hijos (y no tan hijos…).  Su consumo se ha generalizado tanto en edades como en horarios, y claro, hay niños que piensan que tienen el derecho a comerlas cada vez que quieran. Y cuidado con el marketing al que están expuestos, está diseñado para que consumamos a discreción, no para hacernos felices, para hacer felices a las multinacionales sin escrúpulo alguno.

Bien usadas son una fuente inagotable de motivación, no como un chantaje, sino como un refuerzo que permitirá la aparición de conductas deseadas, de pequeña “fiesta” por haber realizado un esfuerzo real. Para que un estímulo no pierda su eficacia lo mejor es aprender a dosificarlo, poco a poco. Que comer una chuche se mantenga como algo realmente extraordinario, poco común.

Y como siempre, nuestro ejemplo es el mejor de todos los argumentos. Cambiemos las chuches por achuchones, por cosquillas y cariñosos apretones.

Luis Aretio

¿Por qué mentimos?

Muy fácil, porque forma parte de la propia existencia de las personas, pero sobre todo, porque nos saca de muchos apuros, sobre todo emocionales.

Motivos para mentir no nos faltan, pero casi todo se resume en dos:

  • Cambiar la realidad, es decir, alterar la imagen propia, de alguien o de algún evento.
  • Evitar un castigo, ya sea en primera o en tercera persona (evitar que castiguen a alguien por ser yo sincero).

¿Dónde se aprende a mentir?

También muy fácil, en el entorno familiar (y quien no lo reconozca…miente). Sí, y no quiero decir que sea intencionado, pero nuestros hijos nos escuchan, nos ven mentir, nos “pillan” verdades a medias, y esto hace que lo veamos como algo realmente útil (si mis padres lo hacen…).

Mentir no siempre es malo, a veces nos saca de muchos apuros, lo malo es aprender a manipular para obtener siempre un beneficio personal, entonces tenemos un serio problema.

Ocultar información es mentir también, lo siento.

¿Qué hacer?

Esto ya es más difícil: demostrar con nuestro ejemplo que no se miente, verás que cambio; y en lugar de castigar: enseñar a no mentir.