¿Por qué huimos de nuestras emociones negativas?

O dicho de otra forma ¿por qué no sabemos aceptar los momentos difíciles?

Estamos educados para que las cosas vayan bien, no para tener que afrontar adversidades; de hecho las consultas de los psicólogos están llenas de personas que no saben cómo afrontar algunos momentos difíciles que, a todos, bajo diferentes circunstancias, nos toca vivir; pero no, no queremos sufrir, e igual que para cada dolor físico existe una pastilla correspondiente, para cada malestar vital queremos una varita resplandeciente, y no, no es así como se superan las dificultades. Lo sentimos.

Vivir significa ganar y perder, ambas áreas son esenciales, es más, aprendemos más de una crisis que de un período de bienestar, pero a las primeras emociones negativas ya queremos eliminar ese malestar que nos inquieta. ¿Por qué? Tras una ruptura, una muerte esperada o traumática, una mala experiencia, una desengaño, una decepción, o lo que nos “toque”, tras todo esto, no puede haber otra cosa que dolor, aflicción, pesadez, pérdida de interés, melancolía, malas noches, etc. Es normal, es lo que toca, pero no, no queremos vivir con la parte difícil de la vida, solo queremos que pinten copas y oros, nadie quiere los bastos ni las espadas.

No se trata de recrearnos en el malestar, sino de “cultivar” la capacidad de aceptación personal sin confundirla con sumisión, pues aceptar que puedes no estar bien no implica que no hagas nada por cambiar, todo lo contrario, si das el primer paso, podrás empezar a caminar.

Moraleja, si te sientes mal no corras, no huyas, sólo acabarás más cansado.

 

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