¡Te cuento hasta tres!

Nada, y si quieres puedes ampliarlo contando hasta diez, pero así no hay forma de educar. Mientras se nos descompone la cara, se nos tensa el cuerpo, la garganta se agita, lo ojos pierden su órbita normal y la voz suena como si estuviésemos pidiendo un taxi en medio de una gran avenida…mientras todo eso ocurre, muchos de nuestros hijos ni se inmutan, sencillamente les da igual nuestra afición por contar.

¿Y si terminas la cuenta y efectivamente no hace lo que le pides? Entonces puedes elegir entre: amenazas, improperios, faltas de respeto, zarandeos variados o un regio sopapo por no haberte obedecido…pero aquí pasa como con las notas ¿Suspende el alumno o el maestro? ¿Lo hacen mal nuestros hijos o somos nosotros? ¿Quién se merece qué? No es fácil, pero todos nos merecemos una oportunidad, unos la oportunidad de enseñar mejor para que otros tengan la oportunidad de aprender adecuadamente.

Y no, no se trata de contar, sino de acertar en qué momento le pedimos a nuestros hijos que hagan las cosas; a veces nos creemos que en lugar de niños tenemos máquinas de obedecer, y no hay cosa que nos guste más a las personas que ignorar las normas, porque si, tampoco necesitamos grandes excusas, simplemente es un placer que tiene que ver con la auto afirmación de las personas, somos así.

 

 

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