La adolescencia: una etiqueta injusta.

La adolescencia es sólo una etapa más del desarrollo que hemos estigmatizado y coronado de etiquetas. Con ellas los ninguneamos, los menospreciamos y los relegamos al plano de la incoherencia ignorando cualquier parecido con nuestra misma etapa vivida, y se nos olvida todo lo que hicimos pasar a nuestros padres porque en nuestro caso le otorgamos el posible acento de que “todo estaba justificado”. Nuestro mayor miedo ante esta etapa es la pérdida inminente del control sobre sus decisiones y las muchas posibles consecuencias negativas que puedan acarrear, sobre todo las irreversibles: embarazos no deseados, accidentes, consumo de drogas, delincuencia. No poder prever todo esto nos preocupa y nos angustia, y el no poder controlarlo nos genera ansiedad y desconfianza.

Es la etapa de la gran lealtad al grupo, lo que luego será parte de su identidad. Es el gran momento de los iguales, de quienes como ellos viven para identificarse con la impunidad de sentir que toda regla está para ser saltada o al menos cuestionada. El YO se posiciona ante los demás con la necesidad imperiosa de la constante aprobación del grupo, y se lanza a aventuras antes inimaginables al tomar decisiones precipitadas, tan precipitadas como sus cerebros, absortos en crear nuevas conexiones emocionales y corporales, y sí, al igual que a nosotros en su momento, es una sensación de gran placer.

La adolescencia no es ni debe ser un problema; el rechazo que muchas veces nos muestran desde una aparente actitud de ingratitud o indiferencia no es nada personal contra los adultos ni contra el sistema, es una necesidad evolutiva como las demás, como lo fue dejar el chupete, controlar los esfínteres o adquirir la conciencia plena, no es otra cosa. Pero ahora necesitan distanciarse y mucho para poder crecer, para confirmarse a sí mismos y a los demás que “yo ya puedo con mis problemas”. Les da vergüenza ir junto a nosotros por la calle y ya no quieren o intentan evitar los encuentros familiares, porque prefieren estar con sus amigos o simplemente en su cuarto haciendo lo que ellos quieran. El dormitorio de los adolescentes no es más que el reflejo de cómo se sienten ellos mismos, todo está revuelto pero no es casualidad, es que quieren sentir ese caos que al mismo tiempo les gusta tanto como les aterra.

El desorden es su nuevo orden, su nueva manera de rebelarse ante lo establecido; nada está ya en su sitio porque nada es ya lo que era. Disfrutemos de esta etapa tanto como ellos porque llegará ese día que al mirarlos ya no veremos a esos adolescentes, sino a nuestros hijos ya adultos.

No es magia, es educación.

Luis Aretio

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