Yo de mayor quiero ser Youtuber.

Ahora los niños quieren ser Youtubers y las niñas Instagramers; venga, todos Referencers mega happies. Quieren prestigio, necesitan reconocimiento, y sólo buscan coleccionar Likes en las muchas redes sociales –gratis- disponibles. Y los padres encantados. Viste mucho tener un niño famoso o una niña artista, y si además huele a negocio fácil, ni que decir tiene que nos convertimos en fanáticos asesores al servicio de ridículos protagonistas.

Pero mucho cuidado, sólo unos pocos llegarán a tener fama, los demás, todos, habrán tirado por la borda parte de su infancia y de su adolescencia frente a las pantallas; habrán quemado su identidad buscando su particular sueño dorado. Los resultados son demoledores: ciclos vitales alterados, sueño invertido, obesidad infantil, anorexia, irritabilidad, apatía, y toda una colección de hábitos insanos; la lista de consecuencias del abuso de pantallas es importante, abusar nunca sale gratis. Fragmentar la realidad desde lo virtual provoca ansiedad y desórdenes emocionales severos, generando  distorsiones basadas en relaciones superficiales donde todos son anónimos, grandes desconocidos que igual te hacen sentir el rey del mundo que pasas a ser el último mono sin aviso previo ni motivo aparente, simplemente pasas de moda, y punto.

Ha disminuido el número de jóvenes que salen por las noches; sí, se bebe menos, se meten menos drogas de diseño, pero se aíslan más. Pasan noches consumiendo cafeína mientras acumulan créditos con qué exhibirse para rivalizar en los videojuegos. Sus jornadas de clics son interminables, su cerebro es pura adrenalina, les van los megas, les ponen, les llena de satisfacción consumir un giga tras otro hasta llegar al terabyte, el nirvana de los frikis. Beben menos pero viven menos, y navegan, navegan constantemente para siempre naufragar.

De las relaciones sociales a las reacciones sociales; y no, no es lo mismo. Porque las formas de relacionarnos no son sustitutivas sino complementarias. Somos seres sociales, necesitamos a los demás para desarrollarnos y madurar, para crecer y ampliar nuestras aspiraciones, para establecer nuevas conexiones con una realidad variada en personas y en estímulos. Rodearse de ciberamigos no aporta nada más que asomarnos a una imagen de los demás difícil de verificar; en el “tú a tú” se puede disimular, pero en el “clic a clic” se puede mentir con total impunidad, y eso de poder crear una imagen falsa del YO nos aporta mega placer, falso, pero mega guay.

En los años 80 nos advertían del riesgo de volvernos tontos bebiendo alcohol, fumando porros y escuchando rock. Ahora, se vuelven gilipollas pegados a una pantalla, mirando tutoriales, siguiendo youtubers, bebiendo cafeína y escuchando reggaetón. Yo me quedé en el rock, llámame antiguo.

Y para terminar, una sencilla reflexión: ¿Quién paga el móvil, tablet, ordenador o consola? ¿Quién paga la conexión de datos y la banda ancha? ¿Quién paga por ver cómo naufragan en sus estudios mientras navegan sin rumbo por Internet? ¿Quién pagará luego al psicólogo al que no querrán ir tus hijos? Si tú pagas, tú decides.

No es magia, es educación.

Luis Aretio.

4 comentarios sobre “Yo de mayor quiero ser Youtuber.”

  1. Me parece que como en todos los temas que tratamos al final siempre es una cuestión de elegir. Eligen ellos y elegimos nosotros, los padres. Lo que pasa es que para elegir se necesitan tener opciones y quizá eso es lo que falta.Gracias por tus artículos.

  2. Mis alertas están a tope….ya son muchas las voces acreditadas que avisan de los daños del uso de pantallas en la infancia y sin embargo seguimos viendo a bebés calmar sus rabietas con las pantallitas. Y la industria, a cañón con la idea, desarrollando soportes para colocar móviles y tablets en cunitas sillitas, tronas….. ¿Estamos pensando en sus necesidades o en las nuestras? o lo que es peor ¿estamos pensando?
    De ahí a los adolescentes (y a los adultos) enganchados al móvil hay unos pocos pasos.
    Gracias, Luis.

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