Adolescencia: Cambian las formas, no las normas.

Una madre nos ha realizado una consulta reciente sobre su hija de 14 años: “Mi hija ya no me cuenta nada. ¿Cómo debo preguntar para que mi hija me hable? Por más que le pregunto no me cuenta nada”

De la pregunta se deducen muchas otras, pero sobre todo se intuyen dificultades en las nuevas estructuras de comunicación en el entorno de una familia con una hija adolescente. Lo primero que nos piden las familias cuando realizan una consulta son pautas para superar o amortiguar una dificultad, pero lo primero que se nos ocurre no es empezar por el final, sino detenernos a reflexionar sobre el origen de las carencias como parte esencial de cualquier intervención. Artículos tipo sobre cómo dialogar, intervenir, comunicarnos o enfrentarnos a esta etapa tan crítica para muchas familias (no creemos que lo sea tanto) hay miles disponibles en la Web, pero eso sería como ir poniendo parches sobre parches, y no creemos en las soluciones mágicas.

Esta es la respuesta para la consulta de esta madre:

“Estimada madre, ¿Tú le cuentas cosas tuyas de interés a tu hija? ¿Le hablas de tu trabajo y de cómo te sientes ocupándote de la casa? ¿Le cuentas tus problemas de pareja? ¿Cuentas con su opinión a la hora de tomar decisiones que le afectan?”

En definitiva, queremos que nuestros hijos nos hablen pero muchas veces la relación de la comunicación se basa en interrogarles sobre su rutina, y claro, eso es de todo menos comunicación.

“Los adolescentes son un híbrido entre el niño que están dejando de ser y el adulto al que se pretenden parecer”.

Ya nada es ni será como antes, ahora su constante estado de cambio les mantiene permanentemente ocupados, preocupados y/o agobiados. ¿Por qué? Porque las nuevas demandas del entorno social les tiene absortos casi todo el tiempo. Los amigos, sus aficiones y su necesidades de relación adquieren ahora una dimensión hasta entonces desconocida e inimaginable incluso para ellos, no para nosotros que se supone que venimos de superar esa etapa, pero es cierto si afirmamos que la mayoría de los padres y madres tendemos a olvidar o a menospreciar el alcance de la experiencia de nuestra propia adolescencia.

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¿Cambios? Si… todo cambia.

Cambios Físicos: sus cuerpos se transforman a golpe de hojas del calendario, saben que todo ha comenzado a cambiar, saben que su imagen adquiere nuevas dimensiones; lo que no alcanzan a estimar es hasta cuándo durarán ni cuál será el resultado final de todos esos cambios. Una mayoría de los adolescentes viven por y para su imagen corporal, a muchos les cuesta vivir más allá del espejo del cuarto de baño, nada es suficiente, su pelea con el pelo se convierte en un ritual interminable y casi adorable. La ropa, la ropa se convierte en un objeto de culto, fetichismo en estado puro, persiguen lo último en moda y si además provoca algo de estridencia en sus progenitores, vecinos o profesores… mejor que mejor.

Cambios psicológicos: la percepción del yo y la de los demás se percibe en esta etapa desde la rivalidad, la competitividad, la carrera por los trofeos personales con los que poder relacionarse o exhibirse ante  los demás. Viven eso de “en mi casa no me entienden” como un estigma, este lema se convierte en su leitmotiv, todo gira entorno a su gran drama, “ni me entienden… ni me van a entender”. Las hormonas provocan emociones intensas que modulan sensasiones personales nuevas. Sus inseguridades les generan desarrollar conductas evitativas y casi se sienten perseguidos por sus miedos.  Se sienten más seguros de sí mismos ante sus iguales, entre ellos sí se entienden.

Cambios sociales: ya no quieren ser avistados ni de lejos en nuestra compañía, su necesidad de independencia les supera, los padres pasamos a ser los viejos. La lealtad (a su grupo de amigos), la justicia universal, sus carpetas se ven inundadas con iconos de líderes reales o virtuales, sus muros en las redes sociales son también la expresión de sus nuevas necesidades. Ya nada es como antes, ahora todo es nuevo y revelador, todo es rápido e inmediato, las nuevas tecnologías y sus múltiples formas de comunicación les fascinan.

Y ante todos estos cambios, ¿qué les proponemos o exigimos? ¿Autocontrol? ¿Qué todo siga siendo como antes? No, ya nada es como antes, y si ellos cambian nosotros tenemos la obligación y la responsabilidad de adaptarnos con ellos, de crecer junto a sus transformaciones, de entender sus emociones, de arropar sus incoherencias, de anticiparnos a sus carencias. La propuesta pasa por romper el esquema de que esta es una etapa difícil, porque la dificultad está más en nosotros que en ellos. El miedo, nuestro miedo, está adherido a las consecuencias de sus decisiones, a las elecciones de amigos o enemigos, a la inquietud curiosa de querer descubrir el mundo… a golpe de intensas emociones.

Es hora de cambiar las formas, no las normas.

Ahora toca negociar con ellos desde el mutuo entendimiento, y es fundamental mantener firmes límites respecto a unos mínimos de convivencia, si tiramos la toalla perderemos la magnífica oportunidad de actuar desde nuestro papel de mediadores. Las tareas y responsabilidades hay que adaptarlas a la disponibilidad de tiempo junto con sus obligaciones, pero deben ser normas asumibles y claras (lo que se debe hacer) y límites firmes y constantes (lo que no permitimos que se haga). Desafiar las normas es su objetivo en muchos casos, es su obligación como siempre será la nuestra mantener nuestro rol de ser, a veces, los malos de la película; lejos de estar haciéndolo mal, esto se convierte en un síntoma de que todo está en su sitio.

Creceremos más y mejor como estructura de familia si logramos entender la esencia de esta maravillosa etapa, si disfrutamos de sus errores como si fueran nuestros, y sin el reproche por lo que no han sabido acertar en todo momento… ¿o tú nunca te equivocas?

No es magia, es educación.

Luis Aretio

4 comentarios en “Adolescencia: Cambian las formas, no las normas.”

    1. Gracias Eva, a ver si entre todos vamos dando forma a nuevas actitudes en esto de normalizar algo tan importante como la educación de nuestros hijos… y sobre todo dejemos de estigmatizar etapas como la adolescencia. No más etiquetas!! Un saludo “concienzudo”.

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