La abundancia genera arrogancia.

Cuanto más tenemos más queremos… o eso creemos. Acaparar nos calma engañosamente la angustia de aquello que sabemos que a lo peor, nunca podremos alcanzar; pero la serenidad está en no necesitar, en saber disfrutar de lo que tenemos y somos, no de lo que nos falta y no seremos.  

Aplicable a todo, juguetes, comida, ropa, relaciones, objetos, utensilios…cuanto más tenemos menos valoramos, y crecemos educando en una abundancia molesta y perecedera. ¿No sería más sano moderar y enseñar a cuidar? Si tengo mucho desperdicio, si tengo poco preservo y cuido.

descarga

¿Que siente un niño cuando vive rodeado de tanta abundancia?, sería lo más parecido a un adulto que lo tiene todo, ¿con qué mas se le puede sorprender?, seguro que con cosas que no necesita y predestinadas a la pila de los objetos inútiles. La opulencia acaba en indiferencia, en la desgana, en la desmotivación, y en no ser capaz de alcanzar a dar el valor real a las cosas.

Sin ánimo de generalizar, tener mucho no ayuda a nuestros hijos, al contrario, les molesta y distrae, y no coincide con una de las necesidades más importantes que debemos enseñar durante la infancia: aprender a tener y a querer, así como a respetar y cuidar, valores básicos para hacer de nuestros hijos personas responsables.

“De joven me sentía mal con mis padres porque mi “paga semanal” era mucho menor que la de mis amigos, sabiendo de sobra que podían darme mucho más. Ese “malestar me duró apenas cinco o seis años”, la lección que aprendí ha sido para toda mi vida”.

Deja un comentario