Demasiado amor para tan poca disciplina.

Inteligencia emocional, educación emocional, salud emocional, desarrollo emocional, bienestar emocional, control emocional; todo termina con el mismo concepto y bajo el mismo paraguas de lo emocional, y no, no sólo vivimos de emociones. Hace falta la otra pata de la mesa, la que soporta y permite el equilibrio entre lo emocional y lo conductual, entre lo placentero y lo necesario, entre la devoción y la obligación. Tanta sobre atención hacia las emociones nos está convirtiendo en personas altamente sensibles pero incapaces de llevar a cabo grandes esfuerzos cuando el contexto lo demanda.

Educar en libertad no es dejar que los niños se expresen y comporten de manera libre, porque la libertad del individuo está directamente relacionada con la libertad de los demás, y no es compatible con la convivencia en sociedad dejarles hacer lo que quieran cuando quieran. Educar en libertad es aprender a que lo individual es tan importante como lo colectivo. Para ser felices no es necesario únicamente que los niños se sientan bien en todo momento, porque para ser felices hay que, inevitablemente, aprender a no serlo; y es en este punto donde nos hemos equivocado dotando a nuestros hijos de una ficción educativa ambivalente, poco natural e innecesaria. La falta de respeto campa a sus anchas por casas, escuelas y calles; el racismo con sus pensamientos más absolutistas rozan lo vergonzoso en nuestra moderna sociedad, la competitividad, la violencia, el rechazo, la soledad… y poco a poco se nos desvanece el amago de esa felicidad tan deseada que no tiene sentido más allá de la puerta de casa porque fuera todo es diferente.

La autoridad emocional no tiene nada que ver con el autoritarismo. Es necesario establecer una jerarquía de roles bien definida sobre quién debe guiar los pasos de quienes aún confunden el placer con la felicidad, porque respetar para convivir tiene más de renunciar que de conseguir. Estamos minando los cimientos del sentido común y el edificio se nos está viniendo abajo queriendo o sin querer.

Un criterio: el respeto.

El respeto no cae del cielo, no tiene forma ni color, sólo maneras, buenas maneras; y surge de la visión más ajena al propio individuo, de la contemplación de los demás desde cada persona, y debe estar presente desde el mismo momento del nacimiento como la parte esencial para el desarrollo sano y tolerante de nuestros hijos. Respetar es asumir que hay personas y entidades que están por encima de nosotros e implica cierta sumisión a unos valores que impregnan y determinan la relación entre el yo y los demás. El respeto se cultiva desde la cuna y se ha de convertir en la punta de lanza de toda intervención educacional, y se han de tener bien claros qué principios éticos y morales deseamos inculcar en aquellos a quienes pretendemos educar.

La solución al contexto actual, donde todo lo hemos filtrado desde lo emocional, debe estar basada en el equilibrio entre lo afectivo y lo conductual, entre el apego y la disciplina, entre el cariño y la autoridad. Porque tan necesario es saberse amado, como saber amar.

No es magia es educación.

Luis Aretio.

Un comentario sobre “Demasiado amor para tan poca disciplina.”

  1. Magnífico artículo, no puedo estar más de acuerdo. Soy maestra y esta falta de respeto, disciplina, convivencia y límites me han despojado de la motivación y han generado en mí una tremenda frustración y un deseo o casi una necesidad de abandonar la docencia cansada de malas formas, insultos de alumnado y familias, desprecios y conflictos diarios que hacen de mi día a día un acto de supervivencia. Gracias Luis por tu reflexión

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