Donde antes veíamos balcones, ahora vemos casas.

Desde mi ventana veo cada día el sentido de la vida, el sentido de los demás, el sentido de pertenecer a un conjunto de personas que se separan para luego poder volver a unirse. Nuestra ventana al mundo de los demás estaba ahí mismo, ante nuestras narices, pero no nos veíamos, no sabíamos lo importante que era para cada uno de nosotros la mirada de los demás; esas personas que ignorábamos cada día al cruzarnos y a las que sin embargo ahora sonreímos; esas mismas personas con las que aplaudimos desde nuestros balcones cada noche.

¡Cuánta humanidad nos hemos dejado atrás en nuestras vidas, cuántas sonrisas gentiles desperdiciadas, sonrisas tan cotidianas envueltas en un  “hasta mañana vecinos, un día menos, hasta mañana”. Cuánta gratitud en un acto tan bello y tan sencillo». Y hemos estado ahí siempre, ahí, en la ventana de cada una de nuestras casas, pero no nos sabíamos mirar. Ver ahora cómo somos capaces de, casi a tientas, cerrar las puertas de un soplido, y quedarnos todos inertes el tiempo, suspendidos, como si de un luto profano se tratase, como aquel famoso “que en esta casa no entre ni salga nadie” de nuestra tremenda Bernarda Alba.

Ahora veo casas donde antes sólo veía pisos, y veo familias que viven como tú y como yo, con la esperanza puesta en un mañana ni del todo cierto ni del todo incierto, porque a la vez que vamos tomando conciencia de la catástrofe sanitaria, social y económica, va creciendo en cada ventana una actitud desconocida hasta ahora de unión y cooperación, de compartir lo que cada uno tiene, puede, sabe o se le ocurre; veo un pulso de sacrificio individual, familiar y social, veo una cierta arrogancia sana de sacar pecho con actitud decidida de “aguantaremos lo que nos echen” con tal de seguir avanzando.

En los momentos imprevisibles es cuando más agudizamos el ingenio y es cuando lo insospechado se torna posible, y lo “no pensado” aparece de la nada irrumpiendo en nuestro repertorio como una ecuación nueva por resolver. Nuestro cerebro es un depredador cuando se trata de sobrevivir, y rápidamente genera nuevas conexiones neuronales que abren puertas hacia lo desconocido, estableciendo casuísticas relacionales no contempladas anteriormente, es decir, para que nos entendamos, que miramos la vida de otra manera, y sobre todo que dirigimos nuestros recursos personales e intelectuales hacia un único objetivo, sobrevivir, tanto nosotros como nuestro grupo, nuestra tribu.

Cuando todo pase la vida seguirá como antes, delante de nuestras ventanas, de nuestros balcones y calles, pero nosotros no, nosotros nos miraremos con una nueva mirada, una nueva forma de ser más global y solidaria, una mirada más amable y sincera, porque si algo estamos aprendiendo es que en cualquier momento la vida nos puede exigir mucho más de lo que no alcanzamos esperar: aceptar parte de lo desconocido como algo nuevo, y posiblemente bueno.

Luis Aretio

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