Hijos de Caín. El poder de la envidia.

Todos llevamos algo de Caín dentro, unos más controlado que otros, pero nuestro origen animal nos delata, nos supera, y nuestro peor Yo puede salir a relucir en cualquier momento; tan sólo necesitamos sentir una amenaza para dar rienda suelta a nuestras maneras más destructivas, a nuestros peores gestos, a no mirar por nadie salvo por nosotros mismos. Lo mismo hizo Caín llegado el momento. La envidia, ese veneno tan nuestro, superó todos sus principios éticos y morales haciéndose con el control imponiendo su ley de “todo para mí”.

La envidia no tiene fin porque no sabe parar, porque nada es suficiente.

La envidia surge en los primeros días de vida: el bebé odia a su madre porque envidia su pecho, envidia no poder estar siempre enchufado a esa teta maravillosa, la fuente actual de todos sus placeres y deseos (algunos alucinatorios). Esa envidia destructiva se vuelve contra sí, pues se ve obligado a aceptar el mandato de mamá de sólo tener acceso a la teta cuando mamá decida; ella es la que manda, y el bebé invierte el deseo de destrucción por el de amor, por el placer de la unión con su mamá buena, y se siente culpable de haberla odiado hasta desear destruirla, y se refugia en sus precarios primeros mecanismos de defensa, el esqueleto de lo que luego será el soporte de protección y seguridad para el resto de su vida. Un momento delicado en el desarrollo de nuestra psique, los cimientos de eso que muchos llaman autoestima.

Caín no soportaba a su hermano menor. La envidia fraternal, el destierro afectivo, el abandono, la soledad emocional… todo se sigue repitiendo desde nuestro génesis existencial. Envidiamos desde el miedo a no conseguir lo que queremos, envidiamos y deseamos lo nuestro y lo que no es nuestro. Lo queremos todo,  porque «si lo tengo yo (todo para mí) me aseguro que los demás no lo tengan». Como no podemos destruir a los demás porque nos educan para no robar ni matar, buscamos nuevas formas de vencer: la competitividad, la rivalidad, la comparación peyorativa, la actitud despectiva hacia los demás y por los demás. Este cúmulo de tensiones se convierten en un escarnio para el embrión de la empatía. Ya nada será lo mismo a partir de este posicionamiento ante la realidad, ya no habrá calma y la ansiedad se desbordará por toda nuestra estructura yoica (nuestro Yo) pudiéndonos marcar para toda la vida.

Caín no necesitaba destruir a Abel, pero su cerebro más primitivo se descontroló y consumó la fantasía de aniquilar incluso la mera amenaza de su presencia; desde entonces vagamos por la tierra buscando el perdón de Dios (perdón externo) sin el convencimiento pleno del arrepentimiento (perdón interno). El placer del poder es más fuerte que cualquier otra emoción, es difícil que nuestro cerebro se interese por cosas que no le regalen poder. Las relaciones filiales, la pertenencia a un grupo social, las calificaciones escolares, el deporte, los videojuegos, el exhibicionismo social (llámese postureo umbilical), la política… El poder que nos proporciona el control sobre los demás (la omnipotencia) puede dar rienda suelta a los sentimientos más viscerales, decadentes y obscenos. Todo está dispuesto para la búsqueda permanente del placer imponiendo la ley del más fuerte.

La envidia destruye todo lo bueno que se nos presenta en la vida.

Las personas somos capaces de lo mejor y de lo peor, por eso vemos y vivimos situaciones insólitas que en nuestro pensamiento ordenado y bien socializado no caben: guerras, holocaustos, asesinatos, racismo, violaciones, maltrato, acoso, pederastia, robo, fraude, corrupción… expresiones esperpénticas y depravadas de personas perversas, crueles.

Caín mató a Abel, y en ese relato bíblico nos dramatizaron la esencia del bien y del mal. Caín era como sus padres, y como seguimos siendo nosotros, seres imperfectos que envidian y aman, a veces al mismo tiempo.

Luis Aretio

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