Infancia y violencia: consecuencias.

Violencia de género, violencia machista, violencia doméstica, violencia filioparental, violencia callejera, violencia deportiva… Sí, somos violentos y no siempre funciona bien nuestro cerebro, y los impulsos no se contienen, y la agresión -en todas sus formas- se convierte en un modus operandi, en una manera peligrosa de vivir. La conducta agresiva ha estado presente en todas las épocas y se da en todas las culturas. En la infancia también ocurre, centrando su actividad principal en la edad de la escolarización formal, entre lo seis y los dieciséis años, aproximadamente.

Al acoso escolar o bullying, lo podemos llamar como queramos, pero sólo son eufemismos, una forma de maquillar un patrón de conducta que, desgraciadamente, estamos normalizando. Los líderes son niños y niñas violentos -cada uno tendrá sus motivos- admirados y alimentados por sus seguidores; porque el líder les hace sentir poderosos y les proporciona una identidad fácil de asimilar con las convulsas emociones que experimentan en sus cerebros. Podemos llamarlo conjunto de conductas disruptivas, etiquetarlo como «trastorno antisocial negativista desafiante», todo con tal de no llamarlo por su nombre: violencia infantil.

¿Qué modelos son sus referentes? Da miedo empezar a describir esto. En televisión: héroes súper poderosos y heroínas sofisticadas en series de ficción con guiones surrealistas. En la música: canciones denigrantes, sexistas o vacías que incitan al sexo, la fuerza y el odio. En Internet: Youtubers oportunistas o Instagramers fetichistas; y pornografía, y sexo, y canales temáticos con acceso desde cualquier terminal. En los videojuegos: la oferta es interminable, un festín para la rivalidad y la exhibición de récords. En el deporte: estrellas con vidas galácticas que ganan fortunas a costa de derechos de imagen Vs merchandising. En el cine: sobredosis de efectos especiales, explosiones, sangre, y mucha acción, y cuanto más violenta mejor.  ¿Qué esperamos? ¿Que todo esto no tenga consecuencias?

Lo que está ocurriendo en este tramo de edad tan vulnerable para la psique es una nociva sobreexposición a la violencia; nuestros hijos viven un indiscriminado bombardeo de experiencias agresivas no aptas para su edad; sus cerebros no están preparados y nuestra sociedad, desde una posición de ambivalencia inmoral, devora su inocencia para siempre, y ya nada será igual. Vemos niños que llegan a la adolescencia cargados de una violencia gratuita -parece ser que esto no hay quien lo pare- y las consecuencias en la adolescencia ya no son pataletas, o conductas disruptivas; en esta edad ya se convierten en conductas de alto riesgo, en querer probar todo lo que se presente a su alcance como nuevo o alucinante, y lo único que les interesa es la aceptación en su grupo de iguales.

Las consecuencias no sólo son comas etílicos, intoxicaciones por sobredosis, crisis psiquiátricas, cuadros depresivos o suicidios; eso es sólo la punta del iceberg. La consecuencia principal es que serán adultos con trastornos mentales crónicos, desórdenes emocionales severos, unos inadaptados sociales y una amenaza para cualquier relación de pareja; serán madres y padres negligentes, frustrados y fracasados en muchos casos.

La violencia es inherente al ser humano, es la expresión máxima de la agresión, es un instinto innato de supervivencia, de auto protección; y la única manera de controlar nuestra amígdala (órgano que la regula) es a través de la socialización, la educación basada en el desarrollo de criterios éticos y morales por el respeto y para la convivencia. Modelos éstos que sabemos que «no venden», pero que tenemos la responsabilidad, como sociedad, de invertir nuestra oferta actual, por el bien de una infancia libre de violencia.

La decisión última sobre: a qué están expuestos, cuáles son sus hábitos, la gestión de su tiempo, y cómo queremos que sea su comportamiento, es sólo nuestra, y se toma en cada casa, cada día, en cada momento. Tú eres quien decide cómo quieres que sea el futuro de tus hijos.

No es magia, es educación.

Luis Aretio

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