La generación del miedo.

Los padres de hoy somos los hijos de ayer, y desde entonces hasta ahora hemos sido espectadores de cómo ha sedimentado en nosotros el miedo. Antes, hace treinta o cuarenta años, sentíamos un profundo miedo no sólo hacia nuestros padres, sino también hacia nuestros maestros, responsables todos de dotarnos de un respeto exquisito. Sigue leyendo La generación del miedo.

El acoso escolar y los niños sensibles.

“Aquí no te queremos. Que levante la mano quien quiera que se quede éste. Eso dijo el líder; y nadie, ni quien yo creía hasta ahora que era mi único amigo, nadie levantó la mano. Me dolió tanto que me quedé paralizado, disimulando no reaccionar, como si realmente no me importara, pero por dentro estaba echo polvo.

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Los niños felices.

Los niños felices obedecen, y hacen lo que les piden sin poner mala cara; dan las gracias, y piden disculpas cuando alguna vez se pasan de la raya; son felices, son sinceros, y no temen hablar de ellos ni de sus miedos. Son responsables, y les encanta serlo; no agreden, pero defienden con valor a quienes ven sufrir; respetan ya sean pensamientos, creencias o ideas.

Los niños felices hacen esfuerzos para superar baches y sus malos momentos; toleran frustraciones: todo eso que no salió como esperaban. Saludan mirando a la cara, tienen inquietudes, piden ayuda cuando algo se les resiste, y hacen amigos nuevos con tan sólo una mirada.

Los niños felices se aburren, pero no se agobian ni molestan; tienen criterio, y eso les permite actuar con libertad. Prestan atención en el cole, en casa y donde vayan; cuidan sus juguetes, son ordenados. Intentan hacer felices a quienes están a su lado; tienen paciencia, y aprenden a ahorrar porque saben esperar.

Los niños felices comparten lo que son y lo que tienen sin mirar con quién, saben perdonar errores, los suyos y los de los demás; sienten que son queridos y respetados, toman decisiones flexibles y adecuadas, y guardan por lo que pueda pasar mañana; sonríen porque les sale de dentro, les sale del alma, y regalan sin querer queriendo, miradas mágicas.

Los niños felices se quieren, porque son queridos con calma.

No es magia, es educación.

Luis Aretio

La conducta: no es lo que se ve, es lo que no se ve.

Detrás de toda conducta hay una emoción que la sostiene, desencadena o motiva, eso es indiscutible, salvo en los casos de conductas reflejas primitivas donde la emoción no aparece hasta pasada la acción refleja. Sin la emoción, la conducta no es nada.

Toda conducta está dirigida a una meta.

Nada es casualidad, todo lo que hacemos las personas es por algo y para algo; como diría Freud, hasta los lapsus tienen su sentido, las equivocaciones incluso las omisiones, serían también intencionadas. Sigue leyendo La conducta: no es lo que se ve, es lo que no se ve.